Mi Vida Como Lesbiana. Capítulo 6: El Primer Polvo

Mi primer polvo como lesbiana fue liberador. Hay mujeres que lo definen como malo, otras como tierno y otras más como desconcertante, mezclando la culpa y el placer a partes iguales. En mi caso, después de marear la perdiz durante un par de semanas, decidí dar el gran paso.

Visto en retrospectiva, recuerdo las cosquillas que sentía en el estómago los días previos a la Semana Santa y la inquietud que me corría por las venas. En ningún momento pensé en echarme atrás y dejar las cosas tal y como estaban: chica hetero con rachas ocasionales de bollerismo. El día pactado, cogí una mochilita con ropa y me fui “de vacaciones con una amiga”, hasta el domingo.

Cuando llegué a casa de mi entonces novia y la besé, supe que estaba preparada para todo… bueno, en realidad para casi todo. Me asustaba el sexo oral. Me asustaba asomarme a aquella gruta de las maravillas y encontrarme con el olor, la humedad, el vello. La impresión general que se tiene de los genitales femeninos en particular, es que siempre están sucios. Y a mí me preocupaba sentirme obligada a “comer” o a “ser comida”, así que le expuse mis inquietudes y llegamos al acuerdo de parar si acaso me sentía incómoda.

Nos fuimos a la cama… de sus padres, que se habían ido de vacaciones. Pusimos un video y fingimos interesarnos por la película, mientras nos desvestíamos poco a poco dentro de las sábanas.

Quitarme el sujetador delante de otra chica siempre me ha resultado el gesto más excitante de todos los que hay sin contacto físico, porque mi imaginación se desboca y me veo tocando la piel de la otra chica con mis pechos, o sintiendo los suyos sobre mí. Esta sensación la descubrí justo en ese momento, en el que deseé que alargara su mano y pudiera sentir mi tacto. Por esta razón me erotizan las mujeres de pechos grandes y pezones clitoridianos.

Recuerdo que, además de los nuevos olores y las texturas (lo siento, los sabores los descubrí un poco más tarde), lo que más que gustó de aquella tarde de sexo encadenado fue la sorprendente sensación de sentirme más mujer que antes. Frente a la trasnochada idea de que sólo te haces mujer cuando un hombre te desvirga, me descubrí reafirmada cuando toqué la piel de otra mujer que no tenía prisa y que no me preguntaba si “ya” había tenido un orgasmo.

Mi novia, al verme tan relajada y desinhibida no se creyó que nunca antes hubiera tenido relaciones sexuales con otra mujer. Tengo que decir que durante todos estos años no fue la única chica con la que me acosté que vivía su sexualidad como una losa, con unas normas rígidas y estructuradas; una pequeña cárcel que delataba que no se terminaba de sentir a gusto con lo que era: una lesbiana perfecta y absoluta.

Eloise Barry